Y así fue como el muchacho poco a poco empezó a encontrarse mejor. Primero le salió algo parecido a una palabra, que le costó pronunciar después de tanto tiempo, luego pudo dar un paso y después sintió hambre, e inmediatamente sintió ganas de ir a ver a sus amigos que le esperaban ansiosos a la puerta de la granja. De pronto le inundó una gran alegría, su familia estaba allí, daba igual que fueran un conejo y un caracol o una gallina y un pájaro o un ratón y un avestruz. Le querían y siempre habían estado a su lado, y se sintió feliz de tenerlos cerca.  Abrazó al conejo y a la vaca, abrazó a la oveja y besó a los pájaros y también besó a los caracoles y les dio las gracias  a todos y nunca, nunca más volvió a perder la fe.

Ernesto, que seguía escuchando la historia que el Doctor Pantufla le contaba con mucha atención, tenía los ojos muy abiertos, como platos. Ahora tú también tienes que creer en mí aunque no sepamos porqué ¿de acuerdo? Sólo tienes que sentirlo aquí, y el Doctor Pantufla se puso la mano en el corazón.

Cierra los ojos y pide lo que más deseas con mucha fuerza.

-¿Sabes lo que te quiero decir verdad?

-Creo que sí, dijo Ernesto ¿Cómo cuando pido un camión a los Reyes Magos por navidad?

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¿Quieres saber cómo termina?

¡¡”El Caramelo de Violetas” ya está en papel!!

Escribe a infotirandodelrizo@gmail.com y te lo enviamos

¿A qué esperas?

 

¿QUÉ PASARÁ EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO?

 


 

Miguel se ha subido a lo alto de un árbol y no quiere bajar. Algo gordo le ha pasado pero ha prometido guardar el secreto para siempre. ¿De verdad es tan grave que no se puede contar? Su amigo Ernesto, que aún se acuerda del caramelo de violetas, sabe que el Dr. Pantufla podrá ayudarle.